Gafas de ver de cerca y gafas de ver de lejos

Hoy nos hemos desayunado el enésimo caso de violencia adolescente en las noticias de la mañana. Un montón de chicos y chicas rodean a su víctima, la golpean y la humillan durante varios minutos, mientras alguien lo graba todo con su móvil. Es todo tan desolador, tan ruín y miserable, que me invade una extraña mezcla de resignación y de tristeza.

Al salir de casa, para llevar a los enanos al cole, me tropiezo con un ramo de flores de almendro que alguien ha dejado junto la puerta del bar de la esquina, para que se lo encuentre él, o ella, dentro de un rato, cuando vaya a abrir el negocio. Luego, mientras bajo la calle de camino al instituto, veo a mis vecinos; caminan agarrados de la mano, ella cuida con mimo del Alzheimer de él, que tiene la mirada sonriente de un novio de setenta y tantos. También me cruzo con niños y niñas, que van al colegio disfrazados de robots y astronautas, con los maravillosos disfraces que han elaborado sus padres robándole horas al sueño. En la parada del 720, un joven espera que llegue el autobús y carga en su espalda un ukelele que bañará de música el pasillo de alguna facultad. En la otra acera, otro joven detiene su coche y ayuda a cruzar la calle a un hombre muy mayor que arrastra los pies y le agradece el favor entre balbuceos. 

Unos minutos más tarde aparco el coche.

En la puerta del instituto inquietos y adolescentes, revolotean ellas y ellos, ríen como casi siempre, inundando de vida cada rincón, cada pasillo…

Entro en clase atravesando los corrillos y dando los buenos días. Miro de reojo a la pizarra. Allí, garabateado con trazo seguro, alguien ha escrito: “Hoy puede ser un gran día” y lo ha firmado con un enorme corazón de tiza blanca.

Esa pizarra me devuelve la sonrisa, y me recuerda la necesidad que tenemos todos de usar con más frecuencia las gafas de ver de lejos y abandonar en el cajón de la tristeza las otras gafas, las de ver de cerca.

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Ya lo sé


¡Ya lo sé! ¿De verdad crees que no te entiendo? ¿Que no te entendemos? 

¿Crees que no sé que estás cansado de tu propio fracaso?

¿Crees que no sé que estás cansado de ti? Y que estás harto de intentar levantarte para vivir un sueño que cada día se te antoja más lejano.

Ya lo sé… 

Sé que hay días que te comes el mundo y que hay otros, la mayoría, en los que no te terminas ni el desayuno. 

Y lloras. En el silencio de la noche, cuando crees que ya nadie te ve, enterrado entre las sábanas, a solas contigo. Lloras.

Ya lo sé…

Por eso hoy quiero hablarte al oído y susurrarte que te entiendo demasiado bien, te entiendo tan bien que no me puedo callar.

Mira, los libros me enseñaron biología, física, literatura… pero a vivir aprendí leyendo despacio las páginas en las que iba quedando escrita mi propia vida. Páginas llenas de tachones y borrones, de letra pequeña y renglones torcidos. Algunas quise arrancarlas de cuajo, en aquellos días grises de mis febreros mustios y adolescentes. Hoy, mientras te veía arrastrar tu desgana por el pasillo del instituto, quise leerlas otra vez. Y después de asomarme a los tachones de mis diecisiete, me invadió una especie de extraña nostalgia. Allí seguía yo, el niño que se creía mayor, el niño que conocía la respuesta de todas las preguntas, el niño que aún no se había ido y ya estaba de vuelta. Te debo tanto, le dije a mi yo de hace treinta años, que hoy he vuelto a darte las gracias. Gracias, porque no te rendiste ante aquella asignatura que te decía tan poco, porque te levantaste siempre, hiciera frío o calor, y recorriste las calles bajo la ténue luz de las farolas para bostezarte la constitución del 78, gracias porque no tiraste la toalla los días universitarios en los que todo quedaba demasiado lejos… pero sobre todo quiero darte las gracias porque aprendiste a sonreír en los días fríos y grises de tus febreros mustios y adolescentes.

Por eso hoy paré tu desgana en el pasillo del instituto y le susurré al oído: “No me digas que no te entiendo, que no te entendemos, y sacude a tu yo de ahora para que se ponga en marcha y escriba, aunque sea entre tachones y renglones torcidos… EL SUEÑO DE TU VIDA”

 

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Tu primer día

Ahora, cuando tienes casi los dos pies fuera de la facultad, cuando te asomas con el cuerpo encogido y fuertes dosis de vértigo al temido «¿Y ahora qué?», te has parado un instante, y has intentado recordar tu primer día en el instituto. No te acordabas de cómo ibas vestido, ni de qué día de la semana era, ni siquiera te acordabas de la hora… en la que apareció ella, con su sonrisa encantadora, la voz limpia y clara y aquel trazo firme de tiza con el que dibujó tu primer horario sobre la pizarra. Ella fue la que despertó en ti la vocación a la medicina, pero no lo sabe, y quizás continúe dibujando maravillosamente bien aquel corazón de tiza, y quizás siga dibujando vocaciones en tantos y tantos corazones. Pero ni lo sabe, ni lo sabrá. Y mañana, cuando gire de nuevo la llave para abrir la puerta de su primero de ESO tal vez piense en ti y se pregunté ¿qué habrá sido de aquel niño de ojos diminutos y mirada chispeante? Y antes de que recuerde tu nombre, el pasillo se inundará de gritos y carreras, de jolgorio y de algarabía. La vida sigue; ella dibujando corazones de tiza en la pizarra y tú salvando vidas… ¡también!

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Aquella mañana

Tú ibas vestida de blanco y te refugiabas detrás de un colgante élfico plateado. Yo iba de azul. La Pedriza nos miraba de reojo corroída por los celos y la envidia. Porque sus piedras no podían arder. Como ardían nuestras manos, que se agarraban con fuerza y con ilusión, aquella templada mañana de un lejano Septiembre.
Aquella mañana en la que, todavía, no había que revisar mochilas, ni lavar dientes apretados. Cuando no había que inventar cuentos, ni peinar coletas rebeldes.
Aquella mañana, en tu bolso, no cabían toallitas y piruletas, ni botellas de agua a medio llenar, ni galletas mordidas… ni chupetes despistados.
Pero tampoco cabían los cientos de besos y abrazos que te regalaría la vida y que, cada día, se van sumando al saldo del único banco que vale la pena.
Aquella mañana la aventura consistía en saber qué película se estrenaba el viernes o dónde podríamos ir a cenar hoy.
No corríamos contra el reloj buscando las zapatillas de Guille, ni acabábamos, ya de madrugada, el disfraz de racimo de uva, ni luchábamos contra el salto olímpico desde el sillón.
Aquella mañana no irrumpían a las siete en nuestra cama pidiendo desayunos antes de que saliera el Sol. Ni tocábamos el cielo cenando bajo las estrellas cuando ya, por fin, la pequeña de la casa se quedó dormida, en la cama o en el suelo del salón.
Hoy, ocho años más tarde, vuelvo a ver en tus ojos reflejado el Yelmo. Y hay madrugadas en las que desafío a la noche y al viento, al frío y a la luna nueva, y trepo hasta su cima para consolarle, porque el que se encuentra el calor de tus brazos y abrazos, cada mañana, desde aquella mañana, no es él… ¡soy yo!

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¡Qué dura es la noche!

Las farolas de la calle no alumbran a nadie. Es demasiado temprano y el coche va dando saltos sobre los badenes de la avenida principal. El termómetro marca -3ºC. Al llegar a la rotonda que hay al salir del pueblo, desde la parada del autobús un joven me hace señales para que me detenga. Son las 5:15 de la mañana. En apenas tres segundos tengo que decidir si es un malechor o un pobre chico necesitado de ayuda, decidir entre parar o hacer que no le he visto y continuar rumbo al puerto de Navacerrada. Paro. Bajo la ventanilla, solo un poco.
—¿Vas hacia Cerceda? —Me pregunta el joven, no tendrá más de 20 años, entre balbuceos y gritos de alcohol que corren por sus venas.
—Ehhhhhh… sí
—Tío, ¿me harías un favor enorme? ¿Me acercas al Boalo?
Lo dice en tono suplicante, atropelladamente, no sé si por el inmenso frío o por lo de los litros de alcohol.
—¡Sube!
Estoy desoyendo uno de esos consejos que te repiten desde muy pequeño, ese que dice que no te montes en el coche con desconocidos borrachos a las 5 de la mañana.
Un par de minutos más tarde ha conseguido abrocharse el cinturón y no deja de darme las gracias. El coche se va llenando poco a poco del aroma de alguno de los litros de alcohol. Me cuenta no sé qué de sus colegas que le han dejado tirado.
—Si es que la noche es muy dura —le digo haciendo un poco de padre, o de profe.
—No lo sabes tú bien —balbucean unos ojos sin vida— ¿Y tú, donde vas?
—Pues a la montaña, ¿qué te parece?, a subir Peñalara con un amigo de los de verdad. De los de hace ya 25 años.
Llegamos a su destino, me da las gracias muchas veces. Me alejo pensativo. Es demasiado temprano, para mí, para mis cuarentaytantos… es demasiado tarde, para él, para sus veintipocos. Quién sabe, quizás algún día abra los ojos y descubra lo que le está robando la noche.
Peñalara estaba inmenso.

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Un pincel

Una vez alguien que fue profesor (quizás un buen profesor) pero que llevaba mucho tiempo apartado de las aulas, me sugirió que el tesoro más hermoso de esta profesión: la relación entre el maestro y el alumno, era inalcanzable para el profesor de secundaria. “En primaria todavía, pero en secundaria… con apenas tres o cuatro horas de trato semanal, es imposible”, sentenciaba. Y esta mañana, mientras llenábamos tu maltrecho corazón preadolescente de esperanza y buenas intenciones. Mientras nos bebíamos a chorros tus desidias, desgranadas en tu castellano rozagante, pensaba en la suerte que tenemos los profesores de secundaria. Porque algunas veces transmitimos conocimientos, pero casi siempre podemos transmitir vida. Porque tenemos en nuestra mano un completo juego de pinceles que ya quisieran muchos. Y te marchaste de nuevo con la sonrisa dibujada en tu mirada. Tú no lo sabes, pero a pesar de que había sido un día de mierda, sonreí contigo.

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Viernes

Es viernes. Cierras el aula. Al escuchar el característico sonido metálico del pestillo al embutirse en el marco de la puerta, experimentas una agradable sensación, es una mezcla de cansancio y de satisfacción. Y esperas que las horas lectivas que ahora terminas completamente exprimido, den sus frutos. Esperas que hayan servido, al menos, para despertar ilusiones, abrir nuevos horizontes o aliviar, durante unos minutos, esas vidas demasiado difíciles para ser vividas por niños y niñas de apenas 14 años. Y eso, a pesar de que a alguno le hayas tirado cariñosamente de las orejas y de que otro te haya gritado con el silencio de su mirada cansada, que ya está harto de esforzarse para nada. Porque sabes que con solo caminar un día dentro de esas zapatillas, todos tus bonitos principios sobre “la importancia del esfuerzo” podrían derrumbarse como una torre de naipes agitada por el viento. Sin embargo, también sabes, que es el camino verdadero, que el esfuerzo y la perseverancia son garantía de éxito. Que aunque ese esfuerzo, aparentemente, sea inútil, mucho más inútil sería no esforzarse.

Terminé la semana hablando de lípidos, pero también les hablé de ti y de mí. Les interesó más el nosotros que el fosfolípido. Porque algunos viernes tiras el guión por la ventana y, mientras ves caer los triacilglicéridos a través del sucio cristal, te dedicas a dibujar con anécdotas sonrisas en sus caras. Y ese brillo en sus miradas, en la de cada una, en la de cada uno, te transporta al tiempo ya lejano, en el que dudabas si agarrar una tiza o colgarte de un maletín y una corbata. Luego, camino de casa, bajo la atenta mirada de las cumbres del Guadarrama, suena una canción en la radio, abres la ventanilla para que entre el aire no tan fresco de este mes de enero y piensas en voz alta que mola ser profe… ¡Mola muchísimo ser profe!

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