Aquella mañana

Tú ibas vestida de blanco y te refugiabas detrás de un colgante élfico plateado. Yo iba de azul. La Pedriza nos miraba de reojo corroída por los celos y la envidia. Porque sus piedras no podían arder. Como ardían nuestras manos, que se agarraban con fuerza y con ilusión, aquella templada mañana de un lejano Septiembre.
Aquella mañana en la que, todavía, no había que revisar mochilas, ni lavar dientes apretados. Cuando no había que inventar cuentos, ni peinar coletas rebeldes.
Aquella mañana, en tu bolso, no cabían toallitas y piruletas, ni botellas de agua a medio llenar, ni galletas mordidas… ni chupetes despistados.
Pero tampoco cabían los cientos de besos y abrazos que te regalaría la vida y que, cada día, se van sumando al saldo del único banco que vale la pena.
Aquella mañana la aventura consistía en saber qué película se estrenaba el viernes o dónde podríamos ir a cenar hoy.
No corríamos contra el reloj buscando las zapatillas de Guille, ni acabábamos, ya de madrugada, el disfraz de racimo de uva, ni luchábamos contra el salto olímpico desde el sillón.
Aquella mañana no irrumpían a las siete en nuestra cama pidiendo desayunos antes de que saliera el Sol. Ni tocábamos el cielo cenando bajo las estrellas cuando ya, por fin, la pequeña de la casa se quedó dormida, en la cama o en el suelo del salón.
Hoy, ocho años más tarde, vuelvo a ver en tus ojos reflejado el Yelmo. Y hay madrugadas en las que desafío a la noche y al viento, al frío y a la luna nueva, y trepo hasta su cima para consolarle, porque el que se encuentra el calor de tus brazos y abrazos, cada mañana, desde aquella mañana, no es él… ¡soy yo!

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¡Qué dura es la noche!

Las farolas de la calle no alumbran a nadie. Es demasiado temprano y el coche va dando saltos sobre los badenes de la avenida principal. El termómetro marca -3ºC. Al llegar a la rotonda que hay al salir del pueblo, desde la parada del autobús un joven me hace señales para que me detenga. Son las 5:15 de la mañana. En apenas tres segundos tengo que decidir si es un malechor o un pobre chico necesitado de ayuda, decidir entre parar o hacer que no le he visto y continuar rumbo al puerto de Navacerrada. Paro. Bajo la ventanilla, solo un poco.
—¿Vas hacia Cerceda? —Me pregunta el joven, no tendrá más de 20 años, entre balbuceos y gritos de alcohol que corren por sus venas.
—Ehhhhhh… sí
—Tío, ¿me harías un favor enorme? ¿Me acercas al Boalo?
Lo dice en tono suplicante, atropelladamente, no sé si por el inmenso frío o por lo de los litros de alcohol.
—¡Sube!
Estoy desoyendo uno de esos consejos que te repiten desde muy pequeño, ese que dice que no te montes en el coche con desconocidos borrachos a las 5 de la mañana.
Un par de minutos más tarde ha conseguido abrocharse el cinturón y no deja de darme las gracias. El coche se va llenando poco a poco del aroma de alguno de los litros de alcohol. Me cuenta no sé qué de sus colegas que le han dejado tirado.
—Si es que la noche es muy dura —le digo haciendo un poco de padre, o de profe.
—No lo sabes tú bien —balbucean unos ojos sin vida— ¿Y tú, donde vas?
—Pues a la montaña, ¿qué te parece?, a subir Peñalara con un amigo de los de verdad. De los de hace ya 25 años.
Llegamos a su destino, me da las gracias muchas veces. Me alejo pensativo. Es demasiado temprano, para mí, para mis cuarentaytantos… es demasiado tarde, para él, para sus veintipocos. Quién sabe, quizás algún día abra los ojos y descubra lo que le está robando la noche.
Peñalara estaba inmenso.

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Un pincel

Una vez alguien que fue profesor (quizás un buen profesor) pero que llevaba mucho tiempo apartado de las aulas, me sugirió que el tesoro más hermoso de esta profesión: la relación entre el maestro y el alumno, era inalcanzable para el profesor de secundaria. “En primaria todavía, pero en secundaria… con apenas tres o cuatro horas de trato semanal, es imposible”, sentenciaba. Y esta mañana, mientras llenábamos tu maltrecho corazón preadolescente de esperanza y buenas intenciones. Mientras nos bebíamos a chorros tus desidias, desgranadas en tu castellano rozagante, pensaba en la suerte que tenemos los profesores de secundaria. Porque algunas veces transmitimos conocimientos, pero casi siempre podemos transmitir vida. Porque tenemos en nuestra mano un completo juego de pinceles que ya quisieran muchos. Y te marchaste de nuevo con la sonrisa dibujada en tu mirada. Tú no lo sabes, pero a pesar de que había sido un día de mierda, sonreí contigo.

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Viernes

Es viernes. Cierras el aula. Al escuchar el característico sonido metálico del pestillo al embutirse en el marco de la puerta, experimentas una agradable sensación, es una mezcla de cansancio y de satisfacción. Y esperas que las horas lectivas que ahora terminas completamente exprimido, den sus frutos. Esperas que hayan servido, al menos, para despertar ilusiones, abrir nuevos horizontes o aliviar, durante unos minutos, esas vidas demasiado difíciles para ser vividas por niños y niñas de apenas 14 años. Y eso, a pesar de que a alguno le hayas tirado cariñosamente de las orejas y de que otro te haya gritado con el silencio de su mirada cansada, que ya está harto de esforzarse para nada. Porque sabes que con solo caminar un día dentro de esas zapatillas, todos tus bonitos principios sobre “la importancia del esfuerzo” podrían derrumbarse como una torre de naipes agitada por el viento. Sin embargo, también sabes, que es el camino verdadero, que el esfuerzo y la perseverancia son garantía de éxito. Que aunque ese esfuerzo, aparentemente, sea inútil, mucho más inútil sería no esforzarse.

Terminé la semana hablando de lípidos, pero también les hablé de ti y de mí. Les interesó más el nosotros que el fosfolípido. Porque algunos viernes tiras el guión por la ventana y, mientras ves caer los triacilglicéridos a través del sucio cristal, te dedicas a dibujar con anécdotas sonrisas en sus caras. Y ese brillo en sus miradas, en la de cada una, en la de cada uno, te transporta al tiempo ya lejano, en el que dudabas si agarrar una tiza o colgarte de un maletín y una corbata. Luego, camino de casa, bajo la atenta mirada de las cumbres del Guadarrama, suena una canción en la radio, abres la ventanilla para que entre el aire no tan fresco de este mes de enero y piensas en voz alta que mola ser profe… ¡Mola muchísimo ser profe!

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Jueves

Hoy, entre otras cosas, hemos tenido una actividad de magia en inglés para 1ºESO. Con todo esto del bilingüismo hay quien piensa que si no te gusta el sistema bilingüe es porque no te parece importante que se estudie inglés. Como en si los centros que aún no somos bilingües no se aprendiera inglés, o se aprendiera mucho menos inglés. Dicen que este año se evaluará el sistema comparando los datos de la prueba PAU de centros bilingües desde hace años con los que no lo somos. Algo me dice que las notas no van a ser muy diferentes. Y es que la sociedad ha cambiado, los alumnos, en general, están más viajados, el interés por el inglés cada día es mayor, las extraescolares, los intercambios… Y algo me dice que los alumnos que acceden a las secciones bilingües son precisamente los que menos lo necesitan, los que ya se desenvuelven con cierta soltura en inglés.

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Miércoles

Hoy, de camino a clase, paré el coche y me encaramé a unas rocas para ver salir el Sol. Fueron apenas diez minutos. De entre una maraña de nubes se abrieron paso los primeros rayos que vistieron la Pedriza con su inconfundible tapiz de ocres, gualdos, cobrizos y tostados. Un corzo saltó tras una jara y huyó ladera arriba después de observarme atentamente unos segundos. El embalse devolvió el fulgor de la primera luz que al estrellarse contra el techo de nubes produjo toda una suerte de fuegos artificiales. Fueron apenas diez minutos, pero es tan importante para ser el profe que tus alumnos se merecen encontrar algún instante de tranquilidad antes de entrar al aula… Luego vinieron las clases. Hoy tocaba repetir sesiones en los otros grupos. Siempre igual, siempre distinto: Más proyectos personales de investigación, otro examen, los formularios de Google…
—Profe, quiero hablar contigo. Es por lo del viaje, que al final no voy…
—Ah…
—Me encantaría ir, me hacía muchísima ilusión, era el viaje de mi vida… pero es que mi madre lleva tiempo en paro. Ella decía que me lo pagaba, ¡y lo sigue diciendo!, pero no me parece bien. Yo divirtiéndome y ella sacrificándose. Así que ya he dicho en casa que no voy.
Y te lo dice con una sonrisa de oreja a oreja, sin ir de víctima, sin esperar que aplaudas su decisión. Luego se aleja por el pasillo al grito de “¡Vamos, tía, que toca mates y llegamos tarde!”. Y te quedas pensativo, porque te acaba de dar una lección de vida una de esas alumnas que no destaca precisamente por sus buenos resultados académicos. Sin embargo tiene matrícula de honor en humanidad, y eso no lo pueden decir todos.

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Martes

Empiezo la mañana en el laboratorio con 1ºESO. Realizamos el primer concurso mundial de identificación de rocas. Por grupos, durante la primera mitad de la clase van aprendiendo a reconocerlas, durante la segunda parte de la clase se desarrolla la competición. Un representante de un grupo contra otro de otro grupo, saco una roca de la caja y se anota el punto el que la reconozca antes. Cuanto más sencillo es el concurso mayor es su éxito. Objetivo cumplido: abandonan el laboratorio conociendo el nombre de entre diez y veinte rocas. Algunos de estos chicos no olvidarán esos nombres durante el resto de su vida. El cerebro del adolescente medio tiene mucho de esponja. ¿Quién no recuerda cosas que aprendió entre los 12 y los 16 años?
Doy dos clases de biología en bachillerato. Hoy toca “clase magistral”, la denostada clase magistral. Me da la sensación de que a mis alumnos de bachillerato les gustan estas clases. Hablamos de maltosa y elaboración de cerveza, de lactosas y de la intolerancia a la leche que padece medio planeta, de las pájaras de los deportistas… y vuela la hora.
También he hecho un examen en 2º ESO y una curiosa práctica con los de 4º para comparar la permeabilidad de dos suelos, uno cubierto de vegetación y otro sin ella, haciendo circular por él en el laboratorio 40 ml de agua.

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Eso la parte lectiva, luego está la otra: el que te cuenta que atropellaron a su perro el domingo, la que vuelve a sonreír después de que el viernes no pudiera pasar de un “estoy triste profe… es por lo de mi padre”, el que dejó de sonreír por “movidas, profe, movidas”… Y así, navegando entre pasillos que te piden a gritos “profe, ¿nos abres la puerta”, te das cuenta de que ser profe mola. ¡Mola muchísimo!

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